"Soy feliz buceando y que me rocen los bancos de peces"

El maestro Rubén Santiago firma en 'Ultramar' relatos con el mar y lo vivido como telón de fondo

A. Salas 24 Oct 2016

Hombre de mar, Rubén Santiago, por dentro y por fuera. Lo adora, lo sueña y se lo bebe, pero no se deja tragar por él, por eso es amante de orilla y no se embarca ni harto de meditación. "Soy de estar cuatro horas por la mañana en la playa, con nevera y libro, y querer volver por la tarde. También soy feliz buceando y que me pasen rozando los bancos de peces y ver estrellas rojas, pero en un barco me pongo malísimo", deja claro el docente, maestro de educación especial y psicopedagogo sus pactos con el mar. Eso sí, se lo bebe cada día, un vaso de agua de mar desde hace cuatro años. "Y ya ni tomo medicinas para el dolor de cabeza ni para el estreñimiento", se reafirma, porque "nuestro plasma sanguíneo es parecido al agua de mar".

De algunas mareas interiores le salieron los relatos con fondo náutico que ha reunido en Ùltramar', una cuidada edición ilustrada por el pintor Jorge Fin, a su vez fundador de la Mediterranean Iceberg Association en Cabo de Palos para la contemplación de icebergs, y prologada por la poeta murciana Dionisia García ("Aquí estoy viendo el mundo. Camino sin respuestas/ a la buena de Dios, que no es tan mala cosa").

Entre sus tapas están el mar y lo vivido. "Tiene un relato del 'hormiguero', como llamábamos a la playa Barnuevo. Ahí mi familia tenía un toldo cada verano y yo pasaba el día en la playa con el bañador Turbo que comprábamos en Pepito Novedades. Era fascinante. Todo el día asilvestrado en la bici y al final de verano, el bañador estaba intacto", rescata Rubén. Otro microrrelato evoca el mítico Varadero de La Curva de Lo Pagán, donde el autor trabajó de camarero en la época gloriosa. "Sí, yo era de los que se subían a la barra a bailar, y bebíamos y nos lo pasábamos en grande", explica de un santuario nocturno que él ha imaginado sin ancla. No ha seguido reglas ni corsés: "Me he dejado llevar, aunque antes me leí la historia completa de la navegación".

Escribe Rubén Santiago "porque lo necesito, porque mato mis demonios pero no porque disfrute, porque sufro mucho". Escribe para levantar la piel de las cosas, para averiguar, para meter su perfil de Loquillo -testa alzada con tupé, cejas pobladas- en cada misterio. "Todo me interesa y me sorprende. Me gusta la vida, necesito vivirlo todo. Soy un disfrutón", declara el escritor, que al impulso ha añadido entrenamiento: "He aprendido a no juzgar y practico el Ho´oponopono, la terapia hawaiana de amor incondicional".

Solo le saca de quicio "la política. Respeto a los amigos de distintas ideologías, la base es el respeto, pero me cuesta ver a la gente rebuscando en los contenedores. Me siento cerca", explica el maestro, quien heredó algo más que la vocación de "mi abuelo Gabriel Pardo Zapata. Recuerdo su título de maestro de la República y a él siempre leyendo en el porche. Tiene una calle en La Ribera", recuerda orgulloso. Ha seguido Rubén la estela de la enseñanza, que desempeña con alumnos especiales, con autismo y síndrome de Down: "Me enseñan a vivir, a amar la vida profundamente, la inocencia esa que tenemos de niños".

Para vivir, Rubén ha desarrollado su fórmula secreta: "Recomiendo ser valiente, dar pasos en la vida y practicar el desapego. No instalarse en la enfermedad ni en las relaciones tóxicas ni en la autocompasión". Para salvarse de naufragios, monstruos marinos o mala mar, "olvido lo malo enseguida y cultivo lo que me hace feliz, que son mis ratos de soledad, mis libros y la gente que quiero".

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