Recuerdos de una juventud rapada

Fernando Tendero, militar de la AGA, junto al historiador José María Bautista, en la exposición/A.S.
Fernando Tendero, militar de la AGA, junto al historiador José María Bautista, en la exposición / A.S.

El Museo acoge una exposición, hasta el próximo 10 de junio, con los objetos aportados por exsoldados que hicieron la mili en la Academia General del Aire

Alexia Salas
ALEXIA SALAS

Si hiciste la mili en la Academia General del Aire de La Ribera, fuiste un recluta con escoba. La AGA atesora cientos de fotos de jóvenes flacuchos y con cara de susto, agarrados a una escoba en caída libre. Un fotógrafo guasón se encargó de perpetuar la tradición, casi a modo de novatada. «Aunque estábamos en el Ejército del Aire era la única manera que teníamos de volar», cuenta Matías García, quien entró por la puerta enrejada del cuartel marmenorense un día cualquiera de 1976. «Todos tenemos la foto de la escoba», reconoce la inocencia de la generación del 'baby boom' -nacida entre los años 1946 y 1964- que ni siquiera tuvo un rudimentario 'walkman' que echarse a la oreja.

Algunas fotos de quintos con escoba se pueden ver en la exposición que, hasta el 10 de junio, muestra el Museo de San Javier, organizada por la Asociación Comarcal de Amigos de los Museos sobre la mili en la AGA, con los recuerdos aportados por numerosos exsoldados que prestaron el servicio militar obligatorio en la base de La Ribera. La Academia ha cedido, en plena celebración de su 75 aniversario, su exposición 'Alzando el vuelo' para completar una memoria visual que cuenta con imágenes entrañables de reclutas pelando cebollas o en sufrida instrucción, pero también momentos históricos, como el paso por la AGA del rey Juan Carlos y su hijo, el rey Felipe, y la primera mujer cadete, en 1988.

La mili, esa experiencia abominada por la mayoría de los jóvenes hasta el 31 de diciembre de 2001, cuando Aznar decretó su abolición, pero que produce aún un género narrativo propio y singular, mayoritariamente oral y siempre torrencial sobre padecimientos, rasurados, imaginarias y travesuras de mozos con uniforme. Unos con más mundo que otros. Cuentan los que compartieron litera en la AGA que una Nochebuena dejaron salir del calabozo a un soldado que un superior había empurado por alguna tropelía. Les daba lástima en una noche tan señalada y lo dejaron cenar con el resto. Como quien no quiere la cosa, el recluta se salió extramuros a fumar un cigarro y estuvieron buscándolo tres meses, cuando apareció esposado por la Policía Militar tras haber intentado robar un banco en Barcelona.

Chismes y anécdotas

Fue uno de esos chismes que corrió como la pólvora, pero que no se puede ver en la exposición. Lo que sí se encuentra es una litera típica de la tropa, escueta de esqueleto y extrafina de colchón, con su ejemplar de Interviú asomando bajo la colcha, como solía suceder a juzgar por las fotos de jóvenes rapados mostrando a divas en cueros en pósters desplegables. La mayoría de ellos no llegaban al cuartel con Dostoievski bajo el brazo. «La mili contribuyó a erradicar el analfabetismo, pues muchos jóvenes aprendieron en los cuarteles a leer y escribir», explica el coronel director de la AGA, Miguel Ivorra. «Se les pelaba, claro, y tenían que hacer trabajos», recuerda el máximo responsable de la escuela de aviadores del Ejército del Aire.

Uniformes de faena, gorras y cascos pueden verse junto a maquetas de aviones y documentos

De hecho, la máquina de rasurar y las palas y escobas eran las pesadillas del recluta. «Recuerdo que había un foso y allí había que trabajar cada día», cuenta Enrique Verdú, quien ya trabajaba en la heladería La Jijonenca, que fundó su familia frente a la playa de La Ribera, donde permanece hoy. «Un día vino el coronel a tomar una horchata a la heladería y me dijo 'Verdú, hoy no ha estado usted en el foso'», recuerda el hostelero, quien se incorporó a filas en octubre de 1975, por lo que era un 'palmera', ya que cada reemplazo -había cuatro al año- tenía un sobrenombre. Estaban los 'picatostes', los 'vampiros', los 'persianas' e innumerables promociones de jóvenes con las botas llenas de incertidumbre por el futuro en los años en que David Bowie creía que aún se podía ser un héroe, Lennon bramaba por la paz y Nino Bravo quería ser libre.

Bertún, botes y aspirinas

En la taquilla que exhibe el Museo se puede ver el imprescindible betún, unas latillas que mandaban las madres, un bote de Reflex y una caja de aquellas aspirinas gigantes que vendían en la farmacia militar y que lo curaban todo. Hasta el miedo. Más bien era pánico que el superior te pillara en una descuido. A Manuel Mateo, actual presidente de la Asociación de Amigos de los Molinos de Viento de Torre Pacheco, no le hizo falta cometer errores para que lo pusieran a barrer la Ciudad del Aire escoba en mano. «Fui de 'Los Anfetas', la cuarta promoción del 83, y estuve toda la mili barriendo y haciendo imaginarias», comenta Mateo.

Uniformes de faena, gorras y cascos se pueden ver junto a maquetas de aviones como la nostálgica Bucker y documentos que tienen dueño e historia. «Hay cosas con un valor incalculable, como una cartilla de un hombre mayor que nos la ha prestado», explica el coordinador de la exposición, Marcos Gracia. En las vitrinas se puede ver un ejemplar del 'Manual del recluta', las páginas especiales que editaba el diario 'La Verdad' con el sorteo de los mozos o caricaturas de soldaditos que reflejaban la jerarquía de 'pollos' y 'abuelos'. Una mirada en blanco y negro a un tiempo que, a pesar de los planes de Macron para rescatar la mili, no volverá.

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