Un ladrón en busca de honores

El cronista oficial, Miguel Gallego, ayer, en su casa. / A. s.
El cronista oficial, Miguel Gallego, ayer, en su casa. / A. s.

Roban en la casa de Miguel Gallego, abuelo del alcalde, y solo se llevan su medalla de cronista

Alexia Salas
ALEXIA SALAS

Cualquiera puede verse tentado por poseer un símbolo de prestigio y autoridad. Puede que ese acceso de vanidad se apoderase del ladrón que entró hace escasos días a la vivienda del cronista oficial de San Javier, Miguel Gallego (San Javier, 1927), a su vez abuelo del alcalde, José Miguel Luengo Gallego. Tras revolver las pertenencias del exconcejal, antiguo secretario municipal y juez de distrito, el intruso solo se llevó la medalla oficial que solo se concede a los cronistas, un cargo de tradición honorífica y vitalicia sin remuneración. Los brillos dorados y la decoración cromática de la condecoración pudieron obnubilar al ladrón, que se apoderó de la medalla y dejó el estuche, de donde la Guardia Civil ya ha obtenido huellas. Ningún otro objeto de valor le pareció tan apetecible como la insignia que distingue a los investigadores y transmisores de la historia local.

«Hace tiempo que no la usaba porque solo salgo a dar un paseo por la plaza de España y a sentarme en una terraza. Ya no asisto a los congresos de cronistas», explica Miguel Gallego, limitado a su pesar en la actividad divulgadora por causas de la edad. A pesar de que el asaltante hurgó en las pertenencias del cronista, solo se llevó la medalla y un dispositivo electrónico, del tamaño de un teléfono móvil, que sirve para emitir al hospital de forma remota el correcto funcionamiento del marcapasos que lleva instalado el autor de numerosas publicaciones sobre la historia local.

«Nos dimos cuenta de que se lo llevó porque nos han llamado del hospital diciendo que el aparato no da señal, que si me encontraba bien», comenta Miguel Gallego.

Ni una cosa ni otra sospecha el cronista que servirá al ladrón para nada útil ni provechoso, así que sonríe al pensar en la cara que habrá puesto al comprobar que ni la medalla es de oro ni el aparato es un móvil vendible. Tampoco le guarda rencor. Incluso lo llamó cuando al volver de un corto paseo por la plaza cercana lo vio de refilón en el interior de la casa.

«¡Ven, acércate!», dice su hijo que le dijo el cronista al intruso, quien al detectar la presencia del dueño de la céntrica casa huyó con su curioso botín saltando por el patio interior. No se plantea pedir una nueva medalla. «Ahora me pongo más la de Hijo Predilecto de la Villa, que es aún más importante», explica Gallego, quien ha recibido ya numerosas distinciones por su labor en diversos colectivos.

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